Diminutas burbujas en carrera hacia el espejo de agua. Terminan en todavía más diminutos resplandores de alegría cuando la alcanzan. Puedo verlas y puedo sentirlas. También el silbido amoroso de la brisa peinando los juncos, y de vez en cuando, el sonido de un ave que no alcanzo a reconocer. Respiro hondo para tragar la quietud y hasta alcanzo a oler la eternidad. El Sol —ahora detenido— quedó donde debía quedar y la sombra donde más se necesitaba. De una forma que no puedo comprender, mi mente ha entrado en comunión con mi entorno y vencida por la armonía, se ha dejado llevar al lugar de las sensaciones. De pronto siento miedo de fisurar el momento, y ese miedo lo fisura. Mi vista se desvía con pavor del resplandor de la burbuja, del agua y del junco y se clava aguda en algo mío. Siento que todo se acaba y vuelvo a ser el extraño, ¿y el Sol?...
El Sol, en ese instante se vuelve a mover.